TAPITA: Cinema Paraiso

He de reconocer que aunque no me acuerde debí tener una infancia especial, diferente; algo tuvo que ocurrir para que mi personalidad cinematográfica se formara como lo ha hecho.

A diferencia de casi todo el mundo, mi padre nunca quiso que estudiara, ni tan siquiera quería que trabajase en el mismo banco que el; su sueño es que yo fuera torero y me dedicara a ese mundo, cosa que no solamente no consiguió, sino que además logró que aborreciera la fiesta nacional.

A la par que mi padre tenia esas ideas para su hijo pequeño, mi madre encontraba en mi al acompañante perfecto para esas interminables sesiones continuas a las que en aquella época no estaba bien visto que una señora como ella fuera sola.

El hecho de que desde pequeño en vez de contarme cuentos me contara películas también debió influir, así como el hecho de que yo, a diferencia de mi hermana, no tuviera habitación y debiera de dormir en el salón justo debajo del televisor en blanco y negro. El color entró en mi casa al morir mi padre, hasta entonces todas las películas eran en blanco y negro.

Todo esto indudablemente hizo o mejor dicho ayudó a que casi todo el BUP me lo pasara por las tardes de cine en cine, bien pagando la entrada o bien ayudando en el cine como fuera; de acomodador o de “chico de los helados”, recuerdo muy bien al Sr. Cayetano que me dejaba incluso subir a la cabina de proyección del cine Odeón, donde Luis proyectaba día tras días, las mismas películas durante toda la semana.

Por todo esto cuando mi amigo Héctor me invitó al cine Rosales a ver Cinema Paraiso, se produjo en mi una especie de metamorfosis aguda que todavía me dura, no por el simple hecho de invitarme, que en su caso llevaba doble sentido, sino por lo que significó para mi la película. Nunca hasta ese momento me había sentido tan identificado con el protagonista como en aquella ocasión; el personaje de Toto parecía haberse basado en mi vida, cambiando el maravilloso pueblo de Giancaldo en Sicilia por la Plaza de Cascorro en Madrid.

No recuerdo bien cuantas veces lloré durante la película, diez, doce o quizás más, la emoción de las películas en blanco y negro, la censura del cura, el amor imposible o a lo mejor simplemente lloraba porque Salvatore al final llega a ser un director de cine y yo ni siquiera lo he intentado, quien sabe.

La música de Morricone, para mi la mejor banda sonora de la historia, ayudó bastante esa melodía se metió dentro de mi para no salir nunca de mi cabeza, de hecho el día de mi boda con Pilar fue la música que nos acompañó durante toda la comida. Siempre que tengo una buena ocasión la colocó. También fue la primera banda sonora que use en tapitas de cine; quizás me de suerte sin saberlo.

Aquella tarde fue increíble, solamente me hubiera faltado ir con alguna amiga mía, estoy convencido de que además de besarla la hubiera hecho el amor de una manera diferente, menos mal que no se lo comenté a Héctor porque seguramente a el si le hubiera hecho el hombre más feliz del mundo.

Como la película era italiana nos dio por seguir el papel y nos fuimos a cenar a a Paolos, un italiano en Aurrerá por el que no pasa nunca el tiempo.

Al cabo de veinticinco años, Tornatore el director de la película ha sacado una copia remasterizada en Blue ray donde añade casi cuarenta minutos inéditos, he visto cosas inéditas incluso el final de la historia de amor de Salvatore y Elena, y he vuelto a llorar, me he vuelto a emocionar y he recordado muchas de esas tardes cuando conocí a Bogart, a James Steward, a Gable, a todos realmente, cuando aprendí sin darme cuenta a amar el cine, su música, su arte.

 

Y al escribir estas líneas también he recordado a Héctor, curiosamente esa tarde fue la última que nos vimos, era un buen amigo que quería algo más que yo no le daba, quizás hoy en día seriamos mejores amigos. No me arrepiento de eso ni mucho menos pero si de no haberle dado las gracias por haberme descubierto el Cinema paraíso. Nunca es tarde si la dicha es buena: “Gracias Héctor”.

 

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