TAPITA: Como agua para el chocolate

El Sr. Edgar era un gran amigo mejicano que conocí durante mis años de universidad, él siempre me hablaba de su México lindo, sus gentes y sus comidas, con las que siempre me retaba a superar mi nivel de aguante al picante.

El daba clases de investigación operativa en la universidad de Veracruz, en la Unimex, pero viajaba con mucha frecuencia a Madrid para impartir cursos de verano. Yo le recuerdo con mucho respeto y agrado, ya que siempre tenía una sonrisa que valoraba mucho en una asignatura tan áspera como la que el impartía.

Recuerdo especialmente el verano de 1993, Edgar era viudo y tenía tres hijas de las que casi siempre hablaba y precisamente este verano me escribió comentándome que las traería para el curso, y que le gustaría que yo las enseñara Madrid, cosa que siempre me apetecía hacer con personas de otros países que venían a mi ciudad.

Preparé una sorpresa gastronómica para ellas que me salió mal pero que muy mal, yo había hablado con Patricia la cocinera de un restaurante mejicano de Madrid para que hiciera algo especial: Mole poblano para empezar, unas enchiladas rojas y unos tacos al pastor de manera que yo pudiera probar ese aguante con los chiles chipotles que se resistían; me explico que haría bebidas para señoritas sin alcohol como el Tejuino y la charanda, dejando el chile reposado para mí y para el Sr. Edgar.

Como veis no podía haber ningún fallo, pero la historia se escribió de otra forma; lo primero que me fallo fue mi manía de montarme historias en paralelo, yo pensaba que sus hijas serían mayores, casadas, no sé cómo decirlo, señoras y me encontré con tres jovencitas: Griselda, Renata y Cynthia, a cual más simpática, más joven y más guapa.

Lo segundo fue obvio no habían cruzado el océano atlántico para comer Chiles querían conocer la comida española, así que rápidamente reaccione y las lleve a mis emblemático Malacatin, a comernos un cocido en pleno mes de Julio.

Como siempre ocurre cuando llevo amigos allí el entorno del Rastro, y del Madrid antiguo nunca me falla, impresiona y sorprende a todo visitante; si a esto le añadimos esa insuperable sopa acompañada de guindillas o cebolla. Los garbanzos que solo en Malacatin saben hacerlos así con esa salsa de tomate, todo ello previo a ese majestuoso desfile de tocino, carne, morcillo, jamón, repollo, manitas de cerdo, morcilla y chorizo, culminado con una gallina entera, lo convierte en un banquete digno de los dioses.

El Sr. Edgar y dos de sus hijas, sucumbieron al efecto secundario del cocido y decidieron marcharse al hotel, creo que el vino de ribera y los pacharanes finales ayudaron un poco.

Sin embargo la hija mayor, Cynthia, decidió quedarse conmigo, para dar una vuelta por Madrid. Era morena y más bajita que yo, cariñosa pues nada más irse su padre se me agarró al brazo y no me soltó en toda la tarde. Fuimos hacia la plaza mayor y entonces ella me dijo que la comida la había recordado a un libro que leyó hace poco “Como agua para el chocolate” de una tal Laura Esquivel y que precisamente trataba de unas mujeres que enamoraban a sus hombres a través de la comida.

Estas cosas me ocurren solo a mí; ya que quede como un tipo culto al explicarle que no había tenido tiempo de leer la novela pero que tenía pensado ir a ver la película que la estaban proyectando en los cines Madrid ahora mismo. Ella no tenía ni idea de que habían hecho la película y como si se tratase de una joya abrió esos enormes ojos negros y me pidió que fuéramos a verla.

La película he de decir que es preciosa con personajes de esos que se hacen inolvidables, el triángulo establecido entre Tita, pedro y Rosaura una historia de amor de las más bonitas jamás contada, la generosidad de Nacha la cocinera y sobre todo ese personaje que me impacto tanto: Gertrudis la hermana que al cocinar y comer las codornices en pétalos de rosas siente tanto fragor en su cuerpo que necesita bañarse en agua fría momento en que es secuestrada por un bandolero, acabando como generala del ejército mejicano.

Vimos la película agarrados de la mano y eso hacía presagiar un buen final, que no fue tal, ya que al salir del cine Cynthia me contó con pelos y señales como a su regreso a Veracruz iba a probar alguna de esas recetas para enamorar a un tal Diego que le gustaba.

El caso es que entre el magnífico cocido del mediodía y el plantón de por la tarde, recordé que tenía mesa reservada en el restaurante de Patricia; al verme llegar solo Patricia se imaginó el pastel, me senté en una mesa y la emprendí con los tacos al pastor los cuales como siempre no me picaban.

Cuando cerró el restaurante, Patricia vino con su botella de Tequila, para ver si podía animarme un poco, lo cual no fue necesario ya que simplemente por estar con ella se me dibujo una sonrisa en mi cara, como otras veces me dejo ir a dormir con ella, pero resulta curioso, solamente dormíamos, pero a cambio cuando amanecía veíamos salir el sol sobre el viaducto y nos besábamos, y es cierto que como Laura Esquivel narra en su novela, a veces el amor tiene formas muy distintas.

 

Post navigation

  1 comment for “TAPITA: Como agua para el chocolate

  1. marga
    August 7, 2014 at 2:12 pm

    Gran película, gran recuerdo, gran historia. Como otras tantas veces

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *