TAPITA: El Expreso de medianoche

Si tengo que escoger una película extraordinaria, pero que al verla o revisarla me haga sentir incómodo, sin lugar a dudas, sería “El expreso de medianoche”. Recuerdo ver perfectamente el cartel de “segundo año consecutivo en cartelera” en la puerta del cine Callao en Madrid.
Cada vez que iba a la Gran vía a ver una película miraba de reojo el cartel con la cara de Brad Davis encarcelado y algo me hacía sentir incómodo- Yo tenía 16 años y no podía verla todavía, esta era de las de mayores de dieciocho años exclusivamente.
A todas las personas que oía hablar de la película, les había gustado pero no terminaban de hablar bien, que si era muy desagradable, que si era durísima, que si era triste….pero todo el mundo iba a verla.
Tuvimos que esperar casi año y medio para decidirnos una tarde entre semana, para escudarnos detrás de unos libros de COU comprados para la ocasión, y decidirnos a entrar a verla. Habíamos fracasado dos veces previamente, lo cual achacamos a ir a la sesión de las siete; además había sido un poco penoso ya que a nuestras acompañantes si las dejaron entrar pero a mí y a mi colega no, lo dicho muy penoso.
Yo me use gafas oscuras que me hacía más mayor y sobre todo me permitía esconderme los ojos para aguantar la tensa mirada del acomodador. Nos dirigimos con paso firme y…entramos a la primera, es más el tipo aquel ni nos miró a la cara.
La sensación de triunfo fue terrible, y Félix tuvo reflejos ya que una vez dentro lo primero que quise hacer es comprar palomitas, y claro, un tío de dieciocho años que está en COU no come palomitas y encima en la sesión de las cuatro.
Nos sentamos por el medio de la sala, no había mucha gente y ahí empezó la película; lo primero que me atrapó fue la música y eso que Giorgio Moroder no es precisamente un grande las bandas sonoras. La historia me hizo agarrarme a la butaca de principio a final, la detención en el aeropuerto, el juicio y esa prisión turca. No sé si alguien ha estudiado la cantidad de gente que decidimos no viajar en la vida a Turquia a causa de esta película.
Creo que no apoyé la espalda en la butaca ni un minuto, sobre todo casi al final cuando la novia del protagonista le visita en la prisión para darle el dinero y el a través de la ventana quiere recobrarla a su vida. Para mí una de las grandes escenas del cine, luego los nervios de la escapada y final feliz, menos mal, creo que si esa película acabara de otra forma hubiera tenido otro tipo de éxito y eso que no admitía muchos cambios ya que está basada en una historia real.
Quizás eso fue lo peor para mí, por aquel entonces el mundo de la droga empezaba a aparecer públicamente en la sociedad y aunque estas cosas siempre parecen que ocurren lejos y a otros nosotros tuvimos cerca a un amigo que cayó en sus garras.
Es difícil de comprender, Marcos había ido al mismo colegio que yo, vivía dos calles más debajo de la mía, teníamos la misma edad, sus padres era muy majos y siempre nos habíamos divertido mucho jugando al fútbol, él era mi defensa favorito; sin embargo nunca sabré que pasó para que dos personas tan cercanas el uno al otro pudieran distanciarse tanto en un tema como este.
Cuando salimos del cine, nos fuimos a tomar vinos al anciano rey de los vinos; como nos sentíamos mayores esa tarde nos tomamos tres, con sus galletas correspondientes, y aunque habíamos visto una obra maestra los dos volvimos cabizbajos a casa. Hay gente que muchas veces me dice que para salir tristes del cine prefieren no ir, que ya la vida es bastante triste.
Quizás tengan razón, pero yo he de reconocer que siempre que lloro o salgo jorobado del cine es porque he visto una gran película, pero si miro a mi propia vida me doy cuenta que siempre que he avanzado ha sido después de un golpe, nunca detrás de una fiesta, ¿Qué curioso no?.

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