TAPITA: La Misión

El 31 de septiembre de 1986 fue uno de los días de mayor excitación que he vivido nunca. Empezar así ya hace pensar en alguna mujer fantástica, que bueno la hubo, pero no va de eso; va de algo mucho más excitante que el sexo, muchísimo más.

Era un jueves y con motivo de una fiesta especial de la cruz Roja en España, se hacía el pre estreno de la Misión, en el cine Palacio de la Música con la asistencia de su director, Roland Joffé y de Robert de Niro.

Pues bien yo conseguí dos entradas, y además a menos de quince metros de donde se iba a sentar De Niro. Impresionante.

La verdad es que la película no me llamaba mucho la atención y eso que un par de años antes, Joffé me había hecho llorar y sentir algo especial con esa maravilla llamada Los gritos del silencio; sin embargo la misión tenía algo muy poderoso para mí que era De Niro. Ya para entonces el Padrino, Toro Salvaje, el cazador, Novecento, taxi driver, habían conseguido que junto con Al Pacino fuera mi actor favorito.

Me compré una camisa negra para la ocasión y Mayca, mi amiga peruana, ya no os digo como iba, espectacular se queda corto. Ella trabajaba para una asociación de defensa de los pueblos indígenas del Amazonas y me había contado miles de historias sobre los conventos y como los jesuitas y otras órdenes religiosas habían trabajado allí desde hace cientos de años. Ella descendía de una tribu indígena y se sentía muy unida a ellos; eso le dotaba de una belleza singular en aquellos años aunque mucha gente de mi entorno la consideraba “una india” directamente.

A mí la verdad, esos prejuicios siempre los he achacado, y lo sigo haciendo, a la incultura de las personas, el no viajar más allá de Algete hizo mucho mal a mi generación.

El caso es que llegamos al cine, mucha gente, todos muy elegantes, yo pensando en que iba a decir a Robert de Niro, sonrisas, elegancia…ojalá hubieran existido los móviles en aquella época, porque no tengo ninguna foto del momento que llegó; Mayca cumplió su promesa y me presentó a Robert de Niro en persona, le estreche la mano y de mi voz solo salieron un “please to meet you” y un patético “I like very much your films”, y no es que me quedará en blanco, es que precisamente esa generación de ignorantes, blancos, religiosos, europeos no teníamos ni puta idea de hablar inglés.

Mayca se dio cuenta y con un exquisito y fluido inglés estuvo cinco minutos hablando con él y contándole mi pasión por el cine y mi admiración por él, además consiguió una foto con dedicatoria para mí que guardo como oro en paño. Nos despedimos y nos fuimos a nuestra butaca.

Casi lloré, pero de vergüenza, no sólo por el inglés sino por consentir que mis amigos se rieran de Mayca o se metieran con ella a veces por su aspecto y nacionalidad. Ella se dio cuenta me agarró la mano y me besó, muy bien por cierto.

Luego lloré durante la película, la historia, la fotografía y esa música de Ennio Morricone, me llevaron a un nivel de sensibilidad altísimo, disfruté la película muchísimo, cosa que por cierto sigo haciendo ya que es una película muy revisada por mí.

Al salir del cine la invité a tomar café en “la Calesera” y la llevé a su casa; ella se sorprendió porque pensaba que iba a ser al revés, la iba a invitar a mi casa y allí posiblemente pasáramos toda la noche haciendo el amor y hablando de nuestras cosas.

Creo que lo hice mejor, al final de ese mágico mes de Septiembre la invité cuatro días a Iguazú, allí veríamos las cataratas donde se rodó La misión, allí hablaríamos más tranquilamente y allí haríamos el amor mejor mientras escuchábamos a Morricone.

Los años han pasado, buff casi treinta, yo sigo peleando con mi inglés, en esta España, y Mayca desde hace muchos años se fue a vivir a Nueva York; espero que mis hijos se tomen más en serio el idioma extranjero y las propios extranjeros.

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