Tapita: Manhattan

Cuando terminé la carrera me marché a Chicago y ella se llamaba Celine, como la cantante. A ella le gustaba John Denver y sus canciones y a mi me gustaba ella. Como a los dos nos gustaba el cine quedamos para ver un programa doble de Woody Allen: y “Annie Hall”. Llegamos muy tarde, y yo no soporto perderme los títulos de crédito de las películas. Pero al lado de Celine todo me parecía perfecto. Además como era sesión continua, podríamos ver luego el principio. El caso es que luego no vimos ni como empezó “Manhattan”, ni siquiera como terminó “Annie Hall”. A los cuarenta minutos de la proyección percibimos un humo blanco reptando por el suelo de la sala. Pararon la película, y un tipo notificó que el cine se estaba quemando. Ya fuera, Celine y yo nos miramos y empezamos a reírnos. Aquello que había sucedido parecía un extraño sueño. Celine me propuso tomarnos algo y me llevó a un sitio llamado “Caverman” ella se pidió un refresco y yo una cerveza, precisamente fue en ese momento cuando como si tratará de la canción de doña Concha Márquez Piquer me acordé de España, pero no por el vino de rioja sino por la cerveza que me habían servido, fue tanta la añoranza que a la semana estaba de vuelta en Madrid, le dije al taxista que me llevará a Riaño a tomar una buena cerveza, aquel hombre extrañado me comentó que en la Dolores la cerveza estaba mucho mejor, no sé como ocurrió pero terminamos hablando de Berlanga, de su cine y como no, muy felices. Desde entonces volví muchas veces allí, de Celine no supe nada más-

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